En 1972 Laszlo Toth se hizo famoso gracias a una infamia: atacó a martillazos la bellísma “Pietá” de Miguel Angel en el corazón del Vaticano.
Gritando “soy Jesucristo resucitado de entre los muertos” golpeo y desprendió el codo de la Virgen María, le rompió la nariz y un parpado.
El geólogo de profesión fue detenido, pero no se le hicieron cargos penales pues fue internado un par de años en un manicomio. Finalmente fue liberado.
En tono de burla, un periodista publicó “ habrá campañas turísiticas que digan: visite Italia hoy, antes que los italianos destruyan su patrimonio histórico”.
En 1991, un poco siguiendo su ejemplo, otro enfermo mental llamado Piero Cannata, autonombrado profesor, arremetió a martillazos sobre el pie izquierdo del David de Miguel Ángel, haciéndolo añicos.
Según declaró, lo hizo para que la escultura por fin fuera perfecta. Además dijo que sus acciones habían sido inspiradas directamente por los demonios. La ley italiana lo dejó, de manera incomprensible, rápidamente libre.
Cannata se ha convertido en un “asesino en serie” de obras maestras, pues con premeditación, alevosía y ventaja ha atacado diferentes obras como unos frescos del pintor renacentista Filippo Lippi a los que manchó brocha en mano; en 1993 atacó de igual forma una obra del pintor Rafaello y en 1999 pintarrajeó con un marcador negro una obra de del pintor norteamericano Jason Pollock.
En ningún caso ha perdido su libertad, y a pesar de ser diagnosticado como esquizofrénico, los médicos no recomiendan su reclusión en una clínica pues dicen que no representa ningún peligro para la sociedad.
Según los médicos, el problema es que como no puede crear, destruye.
Además de las distintas formas de locura, las obras maestras están amenazadas por fanáticos religiosos: En la edad media, muchos de los retablos pintados en iglesias que mostraban la imagen de San Miguel luchando contra los demonios, eran atacadas La gente acostumbraba borrar la imagen de estos seres rasguñando la madera con sus propias uñas.
Durante la conquista, Fray Diego de Landa envió a la hoguera todos los bellísimos códices mayas que encontró en Yucatán, porque, según él, se trataba de cosas demoníacas.
En 2001 el régimen talibán dinamitó una serie de Budas gigantes de más de 1,500 años de antigüedad y que habían sido esculpidos sobre las montañas de Bamiyan, en Afganistán. La razón fue que las estatuas eran “contrarias a la ley islámica”.
La vandalización de las piezas Olmecas del museo de La Venta entra también en este tipo de ataques medievales: se les daña por razones religiosas. Aunque en este caso no se buscaba precisamente su destrucción, el daño que se les causó es grave y permanente. Es producto de una mezcla de fanatismo, inconciencia e ignorancia, más que de jugo de uva y aceite.
Ignorantes e inconcientes del inconmensurable valor que tiene nuestra cultura, nosotros mismos contribuimos a su destrucción.
Permitimos que existan leyes demasiado suaves con los que atentan contra nuestro patrimonio cultural, destruyéndolo o saqueándolo.
Nunca levantamos la voz cuando a nuestros niños se les recorta la enseñanza de la historia en los nuevos planes de estudio.
Nuestro políticos recortan cada vez que pueden los presupuestos destinados al INAH y a la cultura.
No protestamos cuando al visitar nuestros museos vemos que se encuentran en condiciones deplorables, cunado vemos que hay muy poco personal para cuidarlo, y el poco que hay no está debidamente capacitado; vemos con indiferencia que ni nuestros museos ni nuestros sitios arqueológicos cuentan con sistemas de seguridad adecuados.
En este momento, la zona arqueológica de Comalcalco, próxima a ser visitada por los “cruceristas” que visiten Tabasco, presenta un grave deterioro en algunas de sus estructuras por causas ambientales y, probablemente, por pésimos trabajos de conservación.
Y sin embargo, se prefiere invertir 33 millones de pesos en el estacionamiento, en el museo y su zona comercial, antes que en restaurar y rehabilitar estas estructuras.
Las culturas que ocuparon este lugar privilegiado que es Tabasco, eran teocracias: gobernaban los dioses.
Los gobernantes eran seres divinos que mantenían en orden el universo. Para demostrar su poder, ordenaban la construcción de enormes monumentos y de hermosas piezas artísticas.
De los olmecas, por su milenaria antigüedad, casi no sabemos nada. Se acepta que sus monumentales cabezas y grandes estelas eran una especie de propaganda que hablaba del poder del gobernante.
Por otro lado, la fabricación de estas piezas fue una de las hazañas técnicas más importantes de su tiempo.
El increíble esfuerzo para transportar las piedras a lo largo de cientos de kilómetros y el trabajo realizado por los escultures con herramientas de piedra y madera no tienen paralelo en la historia.
Además, los olmecas fueron de las primeras civilizaciones en emplear la agricultura, lo que implica además el conocimiento del calendario, seguramente derivado de observaciones astronómicas y del conocimiento de algún sistema de numeración. Se trata pues de una sociedad tanto antigua como compleja y sofisticada.
Lo que se sabe es que influyeron en las culturas que las precedieron.
Pero no sabríamos nada y no tendríamos espacios para disfrutar su legado de no ser por el esfuerzo de grandes hombres: arqueólogos, antropólogos, epigrafistas, historiadores, museógrafos, quienes a lo largo del tiempo han ido desenterrando los misterios que envuelven a nuestro pasado. Entre ellos, el maestro Carlos Pellicer quien diseñó el espacio y la distribución original de lo que hoy es el mundialmente conocido museo de La Venta.
Mucha de su herencia la vemos hoy en nuestros museos y en los libros. Nuestros sitios arqueológicos contienen una riqueza generada por el trabajo de nuestros ancestros y por el de nuestros contemporáneos. Una riqueza eterna y creciente que quizás ya no somos capaces de preservar.
Tristemente, hemos permitido en el país que nuestras zonas prehispánicas se vayan transformando en tianguis en unos casos, o en parque de diversiones, en otros.
Cuando sin ellas no podríamos entender nuestro espíritu. No podemos entender lo que somos. Un sui géneris estado laico cuya bandera porta el águila, una representación prehispánica de Dios ¿Podemos proteger este legado de nosotros mismos?
sábado, 17 de enero de 2009
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